
Las protestas del estudiantado francés de secundaria han recorrido los circuitos noticiosos como una extraordinaria novedad, pero también bajo el signo de una profunda sospecha, pues hacía mucho tiempo que no se tenía idea de una movilización estudiantil de semejante significación y la minoría de edad de sus protagonistas parece sugerir, para algunos, la presencia de grupos manipuladores tras bastidores. El repertorio de denuncias de la muchachada luce sorprendente en un país desarrollado y solo aparentemente cómodo, donde la crisis del Estado de bienestar, la polarización política e ideológica y las tensiones asociadas al fundamentalismo religioso contribuyen a una terca inestabilidad a las puertas de los comicios presidenciales.
En Venezuela, quizá las nuevas generaciones vean con curiosidad y asombro que sus pares europeos incursionen precozmente en actividades de calle, reivindicando su condición de estudiantes y haciendo valer sus propias demandas. Acá, los adolescentes y los más jóvenes apenas parecen haber tenido una participación significativa en las grandes protestas callejeras, pues las jornadas de 2014 y 2017 quedan ya a considerable distancia de su experiencia directa, y tampoco imaginan con facilidad que, décadas atrás, hubo entre nosotros un vigoroso y legítimo movimiento liceísta, portador de importantes reivindicaciones y de un poderoso mensaje político.
En efecto, a comienzos de la década de 1950, la dictadura militar conoció la bravía presencia del alumnado de bachillerato, cuyas organizaciones juveniles partidistas canalizaron y expresaron buena parte de sus inquietudes, aunque habrá quien lo haya lamentado —y todavía lo lamente— desde posiciones absolutamente prejuiciadas. Fundamentalmente procedente de las instituciones públicas, aquel movimiento tenía entre sus propósitos elevar la voz en las calles y lanzar unas buenas pedradas contra la policía, como posiblemente hoy no atinan a hacerlo los infantes galos, mientras que la participación de los colegios privados fue más limitada, salvo episodios como las protestas contra el decreto 321 de 1946, durante el Trienio Adeco.
Al igual que en cualquier muchacho puede despuntar la vocación de cantante, médico, futbolista o carpintero, acompañada de grandes ilusiones, también puede hacerlo una temprana inclinación política que lo impulse a luchar por la libertad, expresarse públicamente y someterse a prueba para descubrir hasta dónde puede llegar. Grandes líderes políticos, estupendos profesionales de las más variadas disciplinas y ciudadanos convertidos en referentes inolvidables fueron dirigentes liceístas que asumieron los retos de su tiempo, adquirieron un valioso aprendizaje cívico y continuaron por el camino de la política o emprendieron otros de gran satisfacción personal y ciudadana.
Estudiosos como Orlando Albornoz aportaron luces sobre la existencia de un vasto movimiento estudiantil venezolano y, concretamente, liceísta, cuya historia merece todavía nuevas indagaciones y una revisión desprejuiciada de sus alcances. Seguramente habrá numerosos estudios y olvidadas tesis de grado que permitan profundizar en el tema, pero América Latina ofrece sobradas lecciones históricas acerca del papel del estudiantado en la lucha por sus ideales de libertad y democracia, así como en la formación de generaciones dispuestas a asumir responsabilidades públicas.
Una importante conquista de aquel movimiento fue que los más jóvenes entre los jóvenes pudieran elegir, mediante sufragio directo y secreto, a los integrantes de los centros de estudiantes de sus respectivos liceos, una práctica que también alcanzó a algunos colegios privados y que convirtió la representación estudiantil en una escuela de ciudadanía. Con sus errores y aciertos, aquella experiencia se fue debilitando hasta perder buena parte de su vigor, y Nicolás Maduro intentó devolverla a la agenda nacional con la pretensión de instrumentalizarla políticamente, desnaturalizando así el sentido autónomo que debería distinguirla.
Veremos hasta dónde llegan las jornadas de protesta en Francia, un país que seguimos, entre otras referencias, a través de la pluma de Michel Houellebecq, uno de los escritores que cultivan la irreverencia en medio de las convenciones y del hastío mediático contemporáneo. Ojalá el asunto suscite algún interés entre nosotros, porque el relevo político nacional no se forja al margen de la experiencia reivindicativa cotidiana ni de la participación efectiva en las realidades sociales, y mucho menos puede descansar en el insolente oportunismo digital: requiere formación, organización, compromiso y aprendizaje cívico.

