¿Por qué en Virginia hablan de Canaima? La venezolana que conquistó a Richmond con sabor criollo - LaPatilla.com

¿Por qué en Virginia hablan de Canaima? La venezolana que conquistó a Richmond con sabor criollo

Foto: @ivagency_

 

¿Un pabellón criollo en pleno Richmond? Sí, existe y en un restaurante muy particular que tiene nombre de paraíso: Canaima. Detrás del éxito está Ana Moreno, una abogada que enfrentó lo inimaginable para encontrar seguridad y construir un nuevo camino. Luego de amenazas y un exilio forzado, desafió límites en la capital de Virginia con el propósito de cumplir su sueño.

Ahora, a través de su propuesta, demuestra al mundo que Venezuela es tierra de gracia, paisajes memorables, rica en tradiciones y una gastronomía inigualable que conquista “de la cocina al corazón”. En una entrevista con La Patilla, “Mechita” reveló cómo creó su propia receta para resistir, reinventarse y triunfar en una de las ciudades más antiguas de Estados Unidos.





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Antes de colocarse el delantal, Ana dirigía auditorías en la alcaldía del municipio Libertador en Mérida. “Trabajaba en una alcaldía opositora y mi cargo de auditor me llevaba a tener información sumamente confidencial e importante”, recordó. Las circunstancias políticas comenzaron a cerrarle los caminos y a poner en juego su tranquilidad. Lo que inicialmente eran tensiones de oficina, se transformaron con el tiempo en amenazas que alcanzaron incluso a su entorno familiar.

La decisión de salir de Venezuela no fue impulsiva, sino resultado de un cúmulo de situaciones que comprometieron su seguridad y la de los suyos. “Siempre defendí mi libertad como nadie, y eso para ellos [adeptos al oficialismo] no era de su agrado”, afirmó.

El lado amargo de la migración 

En junio de 2016, llegó a “La Ciudad del Río”, en Virginia, con la esperanza de obtener resguardo y protección. La adaptación no ocurrió de la noche a la mañana, pero trabajó sin descanso para salir adelante.

“Después de hacer auditorías, de trabajar en una oficina, llegué a hacer todo lo que nunca hice, y no por no hacerlo o por no tener la humildad, sino que son trabajos más fuertes físicamente, son más horas de trabajo, el tiempo de descanso no es igual (…) Llegas a algo totalmente desconocido, con otro idioma, donde la rutina laboral es totalmente diferente. Desde lavar pocetas, lavar bandejas de grasa, fui dishwasher, limpié casas, limpié oficinas, he hecho tantas cosas en este maravilloso país, de las cuales no me arrepiento porque de todo queda aprendizaje”, dijo sin rodeos.

Foto @mechitasgrill

 

En esa montaña rusa emocional, dos escenas quedaron marcadas en su memoria. La primera, un día cualquiera, al finalizar su jornada laboral. “Trabajaba en una panadería, y cuando salí a botar la basura (…) el primer choque que tuve, que me hizo llorar muchísimo, fue el hecho de tener que botar cinco y siete bolsas de panes, de esas grandes del pan del día. Si el pan no se vendía a las dos de la tarde había que botarlo, y era pan que se había hecho en la madrugada. Yo decía: ‘no es posible, ¿cómo van a botar todo esto? en mi país la última cola que hice fue de tres horas para que me vendieran diez pancitos, ¿cómo vamos a botar este pan así?’ Y lloraba, de hecho”.

La segunda escena la protagonizó en medio de una fuerte tormenta. “Me tocó salir a botar la basura, y empapada de agua, porque había un tremendo aguacero, y había mucho viento. Se me cayó la basura y se me regó, me tocó recogerla para botarla, y decía: ‘Dios mío, qué estoy haciendo aquí, tantos años de estudio, y yo aquí mojándome, botando basura, señor, esto no es justo, ¿por qué esa gente acabó con mi país?, me tocó salir así, no es justo’, y lloraba, y lloraba como una niña”.

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De aquel amargo episodio emergió una idea que le permitió a Ana reinventarse y al mismo tiempo, retomar una de sus grandes pasiones: cocinar. “Aprendí a los nueve años y siempre me ha gustado ver programas de comida. En una oportunidad, con la profesora Matgar García, que está en Mérida, hice cursos de repostería, y me encantaba ese arte, lo utilizaba para mi casa como hobby, hacía tortas para el cumpleaños de mi hijo”, relató.

Ana perfeccionó sus conocimientos y técnicas con la elaboración de otras recetas como quesillos, tequeños y pastelitos. Recordó que sus conocidos fueron sus primeros clientes. “Los vendía desde mi casa. Todavía tenía el otro trabajo, pero iba haciéndolo como algo extra”.

Ese proyecto encontró respaldo gracias al impulso de su mejor amigo, quien también reside en Estados Unidos. “Siempre me inspiraba a continuar. Me decía: ‘deja el trabajo y ponte de lleno con lo que tú haces, hazlo, que tú puedes’. Me motivó bastante”.

El sueño que no pudieron detener

Bajo el nombre de “Mechitas Cake”, nació la pequeña pero productiva propuesta donde Ana trabajaba por encargos y realizaba una gran variedad de pasapalos y pasteles para todo tipo de eventos. “Creé mi LLC con ayuda de una fundación llamada Libre. Así fue como me metí en este mundo. Empecé a cocinar para matrimonios, fiestas grandes. Me inspiraron y me ayudaron personas que creyeron en mí”.

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Su emprendimiento cada vez más cautivaba a nuevos paladares, tanto a coterráneos como extranjeros. La popularidad se hizo notar y el esfuerzo de Ana comenzaba a dar sus frutos, pero en el momento menos pensado afrontó el desafío de cambiar el enfoque de su cocina.

“Surgió una oportunidad para un restaurante, a través de una persona conocida: ‘Mechita, vamos a asociarnos’, y bueno, surgió el local. Pero en ese mismo centro comercial había una tienda latina que vendía productos venezolanos, y el dueño del local —que también era dueño de esa tienda— colocó una cláusula en el contrato que prohibía vender comida venezolana. Aquello había sido una pizzería antes, y nos tocó seguir por esa vía”.

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Ana contó que se aventuró junto a su socia a ofrecer pizzas con toque venezolano, pero siempre estaba presente la desventaja de que no podían vender comida criolla. Después de casi dos años, encontró el respaldo financiero para encargarse totalmente del restaurante y no descansó hasta cumplir su propósito a través de platillos venezolanos.

“Conversé con el dueño de los locales, y le dije: ‘mi fuerte es la comida venezolana, y has visto que he puesto todo mi empeño, pero lo de la pizzería no es lo mío, lo mío es la comida venezolana. Permíteme, por favor, continuar con mi proyecto, pero con la comida venezolana’. Creo que la gente se ha dado cuenta de que he sido constante y muy trabajadora. Eso lo llevó a decirme que sí”.

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Ana lo apostó todo por un sueño que parecía lejano y le dio sentido a cada experiencia que la llevó a tener su propio restaurante. El nombre “Canaima” no fue casualidad, su fundadora quería que el emprendimiento contara una historia diferente a sus comensales mediante los sabores auténticos y paisajes inolvidables de su tierra natal.

“No quiero mostrar de Venezuela todo el problema político, la pobrecita Venezuela. Quiero mostrar que también somos belleza natural. ¿Y qué más inspirador que el Parque Nacional Canaima?”, resaltó. 

Embajadora de sabores

La venezolana lo tenía claro desde el primer momento: si Up logró que tantos miraran al sur de Venezuela con nuevos ojos, ella quería hacer lo mismo, pero a través de la gastronomía. “Todo fue inspirado en la película Up, que tuvo una gran taquilla en este país, y eso activó de nuevo el turismo en Venezuela, estando la gente inspirada en ir a conocer el Salto Ángel. Canaima no es solo el Salto Ángel, Canaima tiene muchísimas bellezas, y yo dije: ‘¿por qué no demostrar a través de ese rinconcito y ese pedacito de Venezuela aquí en Richmond, que Venezuela es increíblemente bella?’”.

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Desde entonces, Canaima se convirtió en una referencia importante en la ciudad. Y no solo por su menú. Por ello, la reacción del público fue muy positiva. “Tengo un mural muy bonito del Salto Ángel, y los estadounidenses se sorprenden al verlo. El local está adaptado, trata de inspirar y demostrar lo que es Canaima, y lo que es Venezuela”. 

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Así, Ana se emociona al ver cómo se conectan con la experiencia del local. “He tenido eventos de música en vivo y lo han disfrutado muchísimo. Es súper genial ver cómo les gusta nuestra comida”.

Pero instalar un restaurante en Estados Unidos planteó desafíos constantes que ella decidió abordar con honradez. “Siempre traté de hacer las cosas apegada a la ley, de hacer las cosas bien. Mis declaraciones de impuesto, la creación de mi LLC, todo por el marco legal, porque soy bien temerosa de las leyes, sobre todo en este país, bueno, y en mi país también, como abogado sé que la ley se hizo para cumplirla, y debemos ser respetuosos con eso”.

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Aunque admitió que otro de sus mayores retos fue el capital para sacar a flote el restaurante. “Todo negocio tiene altas, tiene bajas, el inicio de un negocio es con subidas y bajadas, y esos retos van en el camino. Son aprendizajes del día a día, de cómo administrarte, manejar estrategias que aumenten las ventas, que inspiren tu emprendimiento a que sea visto, a que sea tomado en consideración”.

Foto @canaimarva
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La competencia no desvela a Ana, pero confesó que lo que sí le pesa es la falta de ética de ciertos emprendimientos que evaden permisos y normativas para obtener mayor beneficio. “Una de las cosas a las que me he enfrentado es al mismo venezolano, que ha llegado a hacer las cosas no muy bien, a no tomar en cuenta que hay negocios, donde las cosas se están haciendo con mucho esfuerzo (…) esa deslealtad ha llevado a que nos vean con mala cara, y eso está mal”.

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Por otro lado, la criolla se identificó como pionera al introducir la comida venezolana en Richmond. “Antes nadie conocía lo que era un tequeño, y empezó Mechita a hacer su tequeño, que al principio quedaban feos, y después con la práctica quedaban como yo quería, bien bonitos, perfectos y deliciosos”. 

Cocina con identidad

Ana continúa convencida de su propuesta con un menú 100 % tradicional hecho con la misma sazón de hogar. “Las empanadas son uno de los productos favoritos. También nos hemos destacado muchísimo con las cachapas, a la gente le encanta nuestra cachapa”. Cada una tiene identidad propia. “Todas vienen con su queso de mano, su quesito llanero y su nata, pero tenemos cachapas con cochino frito, con carne mechada, con carne asada, y tienen un nombre temático, referente a lo que es Canaima”.

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Del mismo modo, el pabellón criollo también logró hacerse un espacio. “Aunque no lo crean, es uno de los platos que más piden. La parrilla los inspira muchísimo y les encanta, de hecho, van y repiten, les gusta, la sazón es diferente, porque tenemos distintas maneras de cocinar, y colocamos especias y cosas diferentes, y les encanta. Les gusta mucho la comida venezolana”.

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El menú, según “Mechita”, es muy popular y todo se vende con facilidad. “Ahora los gringos conocen lo que es un tequeño, dicen: ‘los palitos de quesos de ustedes’, entonces ya sé que son los tequeños, prácticamente todo el menú se mueve muchísimo, y todo está inspirado en nuestra deliciosa comida”.

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Esa exquisita propuesta que logró enamorar paladares estadounidenses, no sería posible sin el respaldo de un equipo que Ana define como “maravilloso”. Todos sus trabajadores son venezolanos y cada uno aporta excelencia en el servicio que Canaima ofrece a sus comensales.

“De verdad que soy muy bendecida, todos son muchachos venezolanos, y súper responsables”, mencionó Ana con gratitud. Más que empleados, los ve como embajadores de esa Venezuela que quiere mostrar: trabajadora, comprometida y amable.

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Porque más allá de vender platos tradicionales de la gastronomía tradicional, Ana busca transmitir “el gentilicio y lo hermosa que es su gente, lo amable que es su gente”. Por tanto, la misión de Canaima tiene un fuerte componente emocional. “Queremos también que los demás sientan que tener un pedacito de Venezuela, en un rincón del mundo distinto, es algo inspirador”, agregó. 

Como todo emprendedor visionario, Ana ya piensa en el futuro, en expandir ese “pedacito de Venezuela” a nuevos territorios. Su sueño es crecer, llegar a más ciudades y demostrar que “los venezolanos buenos, trabajadores y luchadores somos más”. 

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Con entusiasmo, deja entrever que vienen más propuestas. Conceptos innovadores que reforzarán esa mezcla de autenticidad y emoción que define a Canaima. Porque si algo tiene claro, es que su proyecto nació para romper barreras. “Aquí, en este pedacito del mundo, hay una venezolana con ganas de transmitir todo lo hermoso que tiene Venezuela (…) ¡De la cocina al corazón, Canaima te da sabor, tradición y emoción!”.