Abraham Sequeda: Poder disruptivo versus corrupción - LaPatilla.com

Abraham Sequeda: Poder disruptivo versus corrupción

La propuesta es simple: dos fuerzas que actúan con motivación y origen propio. La segunda no busca, por su naturaleza, reivindicar algún principio democrático, de libertades ciudadanas o prosperidad económica; la primera, en este caso, intenta desaparecer las consecuencias más nefastas, aunque no sea esa siempre su finalidad.

La comparación es exacta y no admite equivalencia, ya que la referencia histórica lo indica de esa forma. Aquí el ejercicio consiste en contrastar la capacidad de cada una para destruir poblaciones, someter al enemigo o restaurar el Estado de derecho. Con esta descripción no se pretende glorificar acciones particulares o ideologías, sino reconocer la naturaleza de la reacción frente a la fuerza.





El 6 de agosto de 1945 se ejecutó una acción de poder disruptivo sin precedentes, sobre Hiroshima. Tres días después, un segundo despliegue de fuerza militar sobre Nagasaki marcó el fin de la Segunda Guerra Mundial. Para finales de ese año, las víctimas se contaban por cientos de miles, sumando aquellas por el impacto directo y secuelas de la radiación.

Hasta ese momento, para mantener el esfuerzo de guerra, los japoneses recibían raciones de apenas 1.000 calorías al día. Un ciudadano “ejemplar” debía morir de hambre antes que comprar comida ilegal. Sin embargo, en la práctica, casi todos acudían al mercado ilegal para subsistir. Curiosamente, a pesar del hambre, los índices de robo violento eran mínimos; la cohesión social era tan fuerte que la gente prefería vulnerar la legalidad económica antes que corromper su integridad personal.

El orden cívico se mantenía por una mezcla de honor, deber y miedo. La población japonesa no estaba «volcada a la corrupción» en el sentido de querer sacar provecho deshonesto, sino que se vio obligada a vivir en la ilegalidad para no desaparecer. Es aún irónico pensar en nuestros días, que un pueblo tan educado en la honestidad y el honor, terminara dependiendo de un mercado ilegal para sobrevivir. Esa es quizás la mayor tragedia de la sociedad civil de Japón de la época.

Al anunciarse la rendición, muchos lloraron, otros se suicidaron frente al palacio imperial, pero la mayoría aceptó la orden de inmediato. Esto demuestra que la cultura cívica era tan fuerte que la misma obediencia que los llevó a la guerra fue la que permitió una transición pacífica. 

Este trasfondo explica por qué la decisión de rendirse fue tan traumática y compleja para la sociedad japonesa de 1945, ya que implicaba no solo el fin de una guerra, sino el colapso de toda su estructura moral e institucional.

En un país como Venezuela, 80 años después de aquella tragedia, según datos de Transparency International, su Índice de Percepción de la Corrupción se encuentra en el puesto 180 de la lista de 182 países. En la lista de países más corruptos de Trading Economic que mide la ausencia de prácticas corruptas (siendo puntuaciones altas las de menos prácticas corruptas) coloca al país de antepenúltimo en la lista mundial con 10 puntos. Y un artículo de Deutsche Welle del 10 de febrero de 2026 sitúa a Venezuela como tercer país más corrupto.

Es imperativo comprender que, en este contexto, la corrupción se ha convertido en una estrategia y a la vez modo de vida, que en términos generales ha sido promovida deliberadamente por estamentos de influencia para desmoralizar; sin embargo, es un error sentenciar que todo el venezolano es corrupto. Existe una mayoría que, al igual que el Japón de 1945, sobrevive en los márgenes de una legalidad rota sin haber perdido su brújula ética interna.

Tras un comienzo de año sui generis, cabe preguntarse: ¿cuál sería la reacción de la población ante un cambio de paradigmas? ¿Qué acción tendrá el mayor impacto para dirigir al país hacia una democracia real y a una sociedad estable?

La evidencia muestra que la corrupción anquilosada, aceptada y normalizada por los grupos de interés, ha presentado un imponente arsenal de resistencia. Mientras que el poder disruptivo de 1945 logró quebrar la voluntad de un imperio fanático en pocos días, la presión internacional y los mecanismos modernos parecen haberse estrellado contra un muro de corrupción que no solo no cede, sino que se adapta.

La tragedia actual no se mide en megatones, sino en la erosión silenciosa de las instituciones. Si el poder disruptivo atómico destruyó el físico para forzar un nuevo comienzo, la corrupción busca preservar el físico destruyendo el espíritu, lo que la convierte en una fuerza quizás más difícil de rendir que cualquier ejército convencional.

Por: ABRAHAM SEQUEDA      @abrahamsequeda

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