Lapatilla

La estrategia del “Rodrigato” es evidente. Aunque no hayamos leído *El Gatopardo*, la obra cumbre de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, basta con ver la magistral adaptación cinematográfica de Luchino Visconti, protagonizada por Burt Lancaster, para entender que su tesis nunca había sido tan vigente: “Si queremos que todo siga igual, es necesario que todo cambie”. Esa es exactamente la estrategia que están ejecutando Delcy Rodríguez y su hermano.
La tensión que recorre Venezuela no es de calma, sino la de una olla de presión. Bajo la superficie se cocina una expectativa cargada, una energía contenida que amenaza con desbordarse. No estamos ante una apertura real, sino ante un gatopardismo de tácticas camaleónicas.
Nadie duda de que la fuerte presión externa, liderada por Donald Trump, ha forzado grietas en las estructuras represivas y en los anillos de corrupción del sistema. Sin embargo, la duda persiste y es profunda: estos ajustes huelen a cosmética, impulsados por las mismas figuras que ya no inspiran ni un gramo de confianza. El hecho de que el propio Mario Silva haya salido admitiendo, entre quejas y evidentes señales de inseguridad, que las cosas no están bien para ellos, confirma que el barco se está hundiendo.
Como en una operación fríamente calculada, el régimen ha perfeccionado la táctica del camaleón. En la naturaleza, este reptil no cambia de color para transformarse en otro animal, sino para mimetizarse y sobrevivir. Su mutación es pura fachada: la estructura ósea, el instinto depredador y su esencia permanecen intactos. Exactamente igual actúa este sistema: altera su pigmentación política, rota ministros como piezas de un tablero desgastado, retoca discursos y reubica leales.
La sombra de la incertidumbre se alarga con cada nombramiento. Ver a figuras militares asumiendo carteras civiles y la ratificación de fichas incondicionales en la Fiscalía, el TSJ y la Defensoría revela la jugada: proyectar un “cambio” cosmético hacia afuera mientras blindan las paredes internas. Buscan demostrar que no hay fisuras, pero la historia no miente: el miedo siempre se disfraza de fortaleza. Ellos mismos lo han dicho en sus círculos: es momento de replegarse para intentar sobrevivir a la tormenta que viene.
Frente a esta coreografía del poder, surge la variable que nadie ha podido medir con precisión: la nación que hierve por dentro. Esa rebeldía del ciudadano de a pie es el gran signo de interrogación que los desvela. Mientras la cúpula recicla nombres, en el asfalto se gesta una energía sorda pero explosiva que ya no responde a decretos ni a amenazas. ¿Puede un sistema sobrevivir cambiando máscaras cuando la base social ya se desconectó por completo?
En este escenario, el liderazgo de María Corina Machado funciona como el espejo implacable que expone las costuras del disfraz. Ella no busca encajar en su juego, sino romper el tablero entero; ha identificado que este gatopardismo es solo una trampa de tiempo para darnos más de lo mismo.
María Corina es la antítesis del camaleón: frente al engaño y la mutación permanente, ella ofrece una ruta de integridad inquebrantable. Mientras el oficialismo recicla rostros cansados para salvarse, ella ha logrado algo que el poder no puede comprar: canalizar el rugido de todo un país en una fuerza indetenible. Su valentía no es una máscara, es el motor de una mayoría que ya decidió que no quiere más sombras. El régimen jura que “nada cambiará”, pero María Corina les responde con la fuerza de la verdad: “Todo está por cambiar”.
En esta pulseada histórica, el reloj no se detiene, y esa luz al final del túnel es hoy tan brillante que ningún cambio de piel camaleónica podrá ocultarla. ¡Venezuela será libre!

