
El agua potable en Cumaná es extremadamente escasa. Los apagones diarios asolan la ciudad. El viento aúlla entre los restos saqueados de su otrora ilustre universidad. Los carroñeros rebuscan en los vertederos de basura restos de comida.
Por Simon Romero | The New York Times
Gran parte de Cumaná, ciudad del este de Venezuela que en su día fue una joya de la corona de la base industrial del país, tiene el aire de una zona de guerra marcada por la batalla.
Esta ciudad costera es un mundo totalmente distinto del de Caracas, la capital, que se encuentra en la cúspide de un auge que la aísla en gran medida de la decadencia de la mayor parte de Venezuela.
Después de que las fuerzas estadounidenses derrocaran y capturaran al dirigente anterior, Nicolás Maduro, en enero, los petroleros y los magnates de las criptomonedas se han apresurado a viajar a Caracas para explorar posibles acuerdos.
Cumaná cuenta una historia muy diferente: la de la economía destruida del resto del país, que podría tardar generaciones en reconstruirse.
En mayo, atravesé en coche el este de Venezuela, un viaje de sol a sol a través de más de 20 puestos de control militares y policiales, para ver de primera mano las condiciones de vida fuera de la capital.
“¿Viste los bombardeos con misiles en Ucrania de los que todo el mundo habla?”, dijo José Luis Sánchez, de 56 años, presidente del Colegio de Economistas del Estado Sucre, un grupo empresarial. Con un toque de humor negro, añadió: “Bueno, a veces decimos que nuestra ciudad se parece a Kiev”.
No fueron los bombardeos los que arrasaron gran parte de Cumaná. Por el contrario, la culpa la tienen el régimen de partido único, la desastrosa gestión económica y las campañas de venganza ideológica, dicen quienes ahora expresan abiertamente su disidencia en la ciudad de medio millón de habitantes, a medida que comienzan a suavizarse las restricciones autoritarias de Venezuela a la libertad de expresión.
Cuando Hugo Chávez subió al poder hace 27 años, Cumaná figuraba, junto con otros centros industriales como Ciudad Guayana y Valencia, entre las ciudades que contribuyeron a convertir a Venezuela en una potencia regional. Cumaná era un epicentro de la industria pesquera y conservera de toda la cuenca del Caribe, y procesaba una cantidad asombrosa del atún y las sardinas que se consumían en toda Sudamérica.
Prosperaban los astilleros que construían barcos de pesca comercial. El mayor orgullo de Cumaná era una planta de Toyota que fabricaba Land Cruisers, los legendarios vehículos de tracción en las cuatro ruedas que se convirtieron en un clásico en toda Venezuela.
Entonces Chávez se embarcó en una oleada de adquisiciones de empresas privadas por parte del Estado, una pieza clave en su plan de construir una economía socialista bajo su control. Cumaná y el estado circundante de Sucre, bastión chavista, se convirtieron en un laboratorio de estos esfuerzos.
Las expropiaciones destinadas inicialmente a garantizar la seguridad alimentaria nacional privaron de capital privado a la industria conservera de Cumaná. El hundimiento de la producción en otras empresas estatales de otros lugares de Venezuela privó entonces a las conserveras de lo que más necesitaban: latas de metal.
En la actualidad, muchas conserveras funcionan a duras penas, están cerradas de manera temporal o están abandonadas por completo, como una del barrio de Caigüire, lo que se suma al paisaje de ruinas de Cumaná.
La planta de montaje de Toyota, paralizada en varias ocasiones por huelgas apoyadas por el chavismo y enfrentamientos sindicales, se redujo por fases. La espiral de hiperinflación de la economía, hace una década, la obligó finalmente a cerrar, junto con todo su ecosistema de proveedores locales.
Con su sector manufacturero destruido, Cumaná depende ahora, como gran parte del país, del chavismo para cubrir sus necesidades básicas.
Este nuevo capítulo no va bien.
En febrero, un desprendimiento de rocas en el interior de un túnel del embalse que suministra el agua a Cumaná provocó un colapso en todo el sistema. Al no poder solucionar el problema, las autoridades ordenaron un severo programa de racionamiento destinado a preservar el agua que pudiera transportarse en camiones cisterna.
Escenas de caos acompañan ahora la llegada de estos camiones, con residentes que suplican, a veces a gritos, que se les permita llenar jarras de plástico. Los soldados, armados con rifles semiautomáticos, están preparados para impedir que se produzcan enfrentamientos.
Cuando no llegan los camiones públicos, los camiones cisterna privados llenan el vacío. Pero las presiones inflacionistas han hecho que los precios del agua se disparen, y un solo recipiente de 20 litros cuesta hasta 8 dólares, una carga considerable para las familias que ya subsisten con salarios bajos y una subvención mensual del chavismo de 240 dólares.
Quien no puede permitirse comprar agua embotellada se ve obligado a caminar hasta los puntos de recogida públicos o a pozos improvisados. Los negocios han cerrado. Las escuelas han suspendido las clases porque las instalaciones carecen de agua para el saneamiento básico y los baños.
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