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La gran encuesta: el venezolano quiere saber

Por Rory Branker | La Patilla

En marzo de este año, un encuestador tocó la puerta de mil hogares venezolanos y preguntó algo aparentemente simple: ¿qué tan fácil es informarse en este país? El 56% respondió que difícil. El resto del cuestionario explicó por qué ese número, lejos de ser una señal de derrota, es la prueba más clara de que algo en este país todavía no se ha roto.





Porque el venezolano que responde que informarse es difícil no cierra el libro y apaga la pantalla. Busca. Pregunta. Comparte. Cruza versiones. Desarrolló, sin ningún taller de educación mediática, el instinto de desconfiar del primer titular que le aparece en el feed. El 90% de los encuestados dice encontrarse con noticias falsas al menos varias veces por semana, y sin embargo sigue buscando noticias. Eso no es ingenuidad. Es terquedad cívica. Es la costumbre de un pueblo que aprendió, a golpes, que la verdad no viene servida.

Veinte años de un proyecto político construido sobre el control de la información dejaron una huella que va más allá de las frecuencias revocadas, los periódicos cerrados y las señales cortadas. Dejaron miedo. El 86% de los venezolanos evita hablar de política en redes sociales. El 84% evita compartir noticias de ese tipo en sus plataformas. El 74% lo piensa dos veces antes de mencionarlo con amigos. No es apatía. Nadie que tiene miedo es apático. Es la cicatriz que deja saber que opinar tiene precio, y que ese precio lo ha pagado gente conocida, cercana, real.

But incluso con esa cicatriz, dos tercios del país consume medios digitales independientes con regularidad. Eso es lo que los números dicen. Y eso es lo que el régimen no logró.

La Patilla es el medio digital de mayor uso frecuente en Venezuela. Uno de cada cuatro venezolanos que usa medios digitales para informarse nos señala como su primera opción. No lo decimos para cerrar un trimestre con buenas cifras internas. Lo decimos porque ese número tiene un peso específico: significa que cuando el venezolano necesita confirmar si lo que escuchó es verdad o es ruido, hay un lugar al que va. Y ese lugar lo construimos nosotros, con dieciséis años de trabajo, desde afuera como adentro del país, con una redacción que no cabe en ningún edificio porque los edificios los cierran pero las redacciones distribuidas no.

La confianza no se compra ni se negocia. Se gana despacio y se destruye en un segundo. Los datos de las encuestas muestran algo que cualquier periodista debería leer con humildad: cuando se le pregunta al venezolano a qué fuente acudiría para verificar si una noticia es verdadera, el 52% responde los medios privados independientes. Solo el 11% nombraría a un influencer. La gente distingue, con una precisión que nos exige altura, entre lo que consume por costumbre y lo que considera palabra con respaldo. El periodismo sigue siendo el árbitro. Eso obliga.

El teléfono lo cambió todo, y lo cambió para bien. El 95% de los venezolanos tiene datos móviles. El 94% se conecta desde un celular inteligente. La batalla por informar a Venezuela no se libra en las rotativas que apagaron ni en las frecuencias que confiscaron. Se libra en la pantalla que cada venezolano lleva en el bolsillo, y ahí el Estado no tiene ventaja estructural. Ahí una nota bien escrita llega a Caracas y a San Cristóbal en el mismo segundo. Ahí un video que dice la verdad recorre el país antes de que alguien pueda intentar detenerlo.

La mitad de los venezolanos se entera de las noticias sin buscarlas. Aparecen en el feed, en el grupo de WhatsApp, en el chat familiar de la madrugada. El consumo de información se volvió ambiental. Eso le exige al periodismo algo que siempre debió exigirle pero que ahora no tiene excusa para ignorar: si la noticia llega sola, lo que decide si el lector se queda o sigue haciendo scroll no es la plataforma sino la confianza depositada en quien firma. La marca importa, la trayectoria importa, y haber dicho verdades cuando costaba decirlas también.

El formato de preferencia es el video corto, sí. Pero el venezolano que quiere entender qué está pasando, no solo saber que pasó, busca análisis. El 23% prefiere, para noticias del acontecer nacional, contenido largo que profundice. No son dos audiencias distintas. Es el mismo lector con distintos niveles de hambre según el momento del día y la gravedad del asunto. Eso le habla a cualquier sala de redacción que se tome en serio su función: la velocidad y la profundidad no son opciones excluyentes. Son los dos turnos del mismo trabajo.

Hay un dato final que parece sentimental y no lo es. El 60% de los venezolanos desearía que volvieran a circular los periódicos impresos que dejaron de existir. No extrañan el papel. Extrañan lo que el papel representaba: la firmeza de un titular que alguien escribió sabiendo que tendría que defenderlo, la permanencia de una edición que no se puede borrar con un clic, el peso de una institución que apostó su nombre a una versión de la realidad.

Eso no desapareció. Mutó. Vive en los medios que aprendieron a operar sin edificio, sin frecuencia, sin el favor del Estado, y que aun así llegaron a dos tercios del país. Vive en cada venezolano que, a pesar del miedo, a pesar del ruido, a pesar de los años de un sistema diseñado para confundirlo, sigue buscando la noticia que le diga la verdad.

Ese venezolano existe. Y mientras siga buscando, el periodismo libre en este país tiene razón de ser.

Este análisis está basado en dos encuestas de opinión pública levantadas en marzo de 2026: encuesta en hogares (1.000 entrevistas, ±2,0%) y encuesta digital (4.096 entrevistas, ±2,7%).

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