
A mediados de 1935, el doctor Allan Roy Dafoe estaba en la cima de la fama. La había alcanzado un año antes, por ser el médico que asistió el alumbramiento de las quintillizas Dionne, hasta entonces el único parto de tantos de ese estilo en el que los cinco niños sobrevivieron.
Por infobae.com
El médico hacía giras por Canadá y Estados Unidos contando su experiencia, al mismo tiempo que montaba un negocio fundamental que tenía como involuntarias protagonistas a las niñas. En una de las paradas recaló en Nueva York, donde se improvisó una conferencia de prensa.
-¿Cómo eran las quintillizas cuando nacieron? – le preguntó un periodista, seguramente esperando una respuesta tierna.
-Parecían ratas – le contestó.
Incómodo, otro médico que lo acompañaba intervino para suavizar esa respuesta terrible:
-Quiso decir que se veían como gatitos – sugirió.
-No, dije ratas – lo cortó con brutalidad Dafoe.

El calvario de las quintillizas
El periodista debió sentir vergüenza ajena por las palabras del médico, porque al escribir el artículo reemplazó la palabra “ratas” por otra más amable: “cachorros”.
Este episodio, rigurosamente documentado, da cuenta de la manipulación y el desprecio que las quintillizas Dionne sufrieron por parte de sus propios padres, del Estado de Ontario donde nacieron y del médico que las trajo al mundo.
Cuando Dafoe las comparó con unas ratas, las cinco niñas Dionne recién comenzaban una vida que sería un calvario, donde las harían objeto de disputas económicas y legales, se ofrecería a sus padres convertirlas en fenómenos de circo y en herramientas de marketing, se les quitaría la custodia legal, intervendrían el gobierno y también la Cruz Roja y se las expondría como atractivo en un zoológico humano. A las quintillizas Dionne, la fama sólo les traería maltratos y dolor.
“¿Qué voy a hacer con todos estos bebés?”
El trabajo de parto de Elzire Dionne, de 24 años, madre de cinco hijos – aunque ya había parido seis, pero uno había muerto de neumonía poco después de nacer -, comenzó a la una de la mañana del 28 de mayo de 1934 en la precaria granja familiar de North Bay, cerca de Callader, Ontario, Canadá. Llevaba siete meses de embarazo, pero sabía que los nacimientos se podían adelantar, porque el doctor Allan Dafoe, el médico local, calculaba que tendría mellizos. Cuando su mujer comenzó con los dolores, Oliva Dionne, su marido, salió corriendo en busca de ayuda.
La primera en llegar a la casa fue la señora Labelle, la comadrona más cercana, poco antes de las cuatro, justo a tiempo para recibir a la primera beba, una niña pequeñísima, con la cabeza desproporcionadamente grande, que nació con los ojos abiertos. La sostuvo sin dificultad sobre la palma, le masajeó la espalda hasta escuchar su llanto, la envolvió con unos paños y la dejó en una canasta cerca de la puerta abierta de la cocina económica, la única calefacción del lugar.
No tenía tiempo para más, porque Elzire ya estaba pariendo una segunda beba. El doctor Dafoe llegó unos minutos más tarde, acompañado por otra partera, cuando ya había dos criaturas en la canasta y de la vagina de la joven madre asomaba una tercera cabeza. Y había más. Una hora después, una exhausta Elzire yacía en la cama con cinco criaturas envueltas en trapos a su lado. Pronto las bautizarían, por orden de llegada, como Yvonne, Anette, Cécile, Émile y Marie, aunque el mundo las conocería por un nombre conjunto, “las quintillizas Dionne”.
Cuando las pesaron por primera vez, entre las cinco apenas superaban los seis kilos. El doctor Dafoe no sabía de ningún caso parecido de quintillizos nacidos todos con vida. Tampoco es que supiera mucho, pero estaba seguro de que en Callander, Ontario, o tal vez en todo Canadá, sería noticia y le brindaría alguna fama. Después de bañarlas y revisarlas, el doctor Dafoe y sus ayudantes envolvieron a las cinco bebés con una frazada y las depositaron en una gran canasta que les dio una vecina cerca de la cocina a leña encendida.
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