
Las tensiones entre Estados Unidos y Venezuela han alcanzado una estridencia sin precedentes en los ciclos presidenciales de Donald Trump. Luego de seis años de forcejeos, de compresión y descompresión del conflicto político venezolano y de sus implicaciones internacionales, se ha escalado la tensión con el despliegue de buques de guerra en el Caribe y el ataque letal de una lancha con drogas —en el que murieron sus 11 tripulantes—, supuestamente procedente de Venezuela.
Por El País
Atrás ha quedado la críptica y a la vez intimidante nota en la libreta amarilla del antiguo asesor de seguridad de la Casa Blanca, John Bolton, con el mensaje “5.000 tropas a Colombia” que el polémico funcionario dejó ver en una rueda de prensa en enero de 2019. Fue una chispa bélica en medio de la crisis desatada entonces por la proclamación del opositor Juan Guaidó como presidente encargado para forzar la salida de Nicolás Maduro del poder. Ahora hay ocho buques de guerra, 4.000 efectivos militares estadounidenses y un submarino nuclear desplegados en la fachada norte de Venezuela. Con el ataque a la embarcación se ha cruzado una línea que marca un hito en las maltrechas relaciones entre ambos países y también en la política exterior de Estados Unidos y lo que es capaz de hacer para imponer su agenda.
Hay que viajar en el tiempo, seis años atrás: 2019. En el final del primer Gobierno de Trump, comenzó a subirse el tono del conflicto entre los países con la suspensión de operaciones de la Embajada de Estados Unidos en Caracas y el retiro de todo el personal diplomático. También fue el año de la imposición de las primeras sanciones dirigidas específicamente a asfixiar la economía petrolera de Venezuela con penalizaciones a terceros que comercializaran crudo del país sudamericano. La narrativa estadounidense de presión a Maduro, que había sido reelegido un año antes en elecciones consideradas fraudulentas, estaba soportada en la premisa de que “todas las opciones están sobre la mesa”, una frase ambigua con la que el magnate presidente intentaba bajar el codo al chavismo durante el pulso geopolítico del momento, intentando hacer ver que a cualquier costo saldría el poder.
En los últimos seis años, Venezuela ha denunciado una y otra vez supuestas conspiraciones desde Estados Unidos para forzar un cambio de Gobierno. Durante 2019 y 2020 el chavismo desmanteló operaciones que elevaron las tensiones diplomáticas y pusieron al Gobierno de Maduro en un estado de alerta permanente, que le ha permitido desatar una política represiva contra sus críticos que se cuenta en encarcelados, exiliados y manifestantes asesinados, y también en el refuerzo del discurso antiimperialista que contiene al chavismo.
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